23 de Mayo 2026
El viaje a Grecia lo había organizado Alicia cuando yo estaba aún en Uruguay, y se trataba de un charter a la isla Íos, en las cercanías de la isla Santorini. Tuve mis reparos a causa de la absurda guerra en medio oriente pero Alicia sacó un seguro separado por si se cancelaba el viaje. El sábado 23 de mayo nos levantamos poco después de las tres de la mañana y pedimos un taxi de Bolt para ir a tomar el tren a la estación del Triángulo. Habíamos pagado por una valija para despachar y llevábamos además sendas mochilas. A las siete de la mañana despegamos con un avión de SAS y tres horas y media más tarde aterrizamos con lluvia en el aeropuerto de Santorini. Había varios ómnibus grandes esperando para hacer el traslado de los pasajeros al puerto de la isla, y para allá partimos por un sinuoso camino en lenta subida.
El puerto se encontraba al pie de un considerable acantilado y para llegar a destino había que descender por su ladera siguiendo un sinuoso camino con cantidad de curvas y contracurvas. Como el tránsito en ambas direcciones era bastante intenso los choferes tenían que ponerse de acuerdo para evitar encuentros en las cerradas curvas. Llegamos sin contratiempos al puerto y si bien nos estaba esperando la lancha que nos llevaría a la isla Íos, se atrasó la salida debido a la demora de un vuelo con turistas que provenía de Estocolmo. Nos compensaron con un sándwich y una bebida. Finalmente zarpó nuestro ferry "Alexander", que así se llamaba, y ya con una tarde soleada hicimos el cruce hasta la isla en una hora y media. Vimos primero el paisaje de Santorini con sus casas blancas colgadas de los acantilados y luego la agreste y montañosa isla Íos antes de entrar a la bahía del puerto. Allí nos esperaba otro ómnibus para llevarnos a diferentes alojamientos, el nuestro cercano a la playa Mylopotas pasando primero por la pequeña Chora, capital y única ciudad de la isla. Era un trayecto montañoso y con muchas curvas pero el trayecto era de no más de cinco kilómetros. En nuestro hotel, llamado Eden Íos nos recibió la simpática dueña Evanthia, Eva para nosotros, y nos acompañó a nuestra habitación en un edificio bajo en medio del hermoso jardín, donde había seis habitaciones más. Dada la hora y el cansancio dejamos nuestros bártulos y de inmediato fuimos a pie a cenar al restaurante más cercano de los varios que había en la rambla de la playa.
El desayuno estaba incluido y terminaba a las once de la mañana. Después de un merecido descanso, el domingo nos acercamos a las mesas al aire libre donde servían el desayuno y nos explicaron el sistema que consistía en elegir dos de las cinco opciones disponibles además de té o café y jugo. La ensalada griega era la primera y fue siempre nuestra elección, con tomates, queso de cabra, aceitunas y huevo duro. Los otros platos eran yogurt con miel, sandwiches calientes, pan con dulce y ensalada de frutas. Nos propusimos luego ir a pie hasta el puerto y comenzamos a tomar la ruta inversa del ómnibus pero al rato desistimos pues no había senda peatonal y mucho tráfico. Regresando al punto inicial descubrimos que había un ómnibus cada hora y al rato estábamos sentados en un confortable vehículo que nos dejó en el pintoresco puerto. Habíamos estudiado ya las características de la pequeña isla y los lugares de mayor interés y descubrimos que estando aún en baja temporada, para conocerlos teníamos que disponer de un vehículo propio. En el puerto hicimos averiguaciones y decidimos alquilar un auto para los días martes y miércoles. Después de recorrer la zona del puerto fuimos hasta una playa cercana que caminamos de punta a punta antes de regresar a nuestro hotel a cambiarnos e ir a nuestra playa, a no más de cien metros del hotel. Eva nos había recomendado un buen restaurante cercano y para allá fuimos a cenar. Nos encontramos con que estaba cerrado a causa de un evento privado por lo que terminamos en otro restaurante en la punta de la playa Mylopotas donde comimos muy bien.
El lunes teníamos previsto cenar en el hotel pues Eva nos había dicho que podía elaborar comida casera y típica de la isla para los huéspedes. Por la mañana, y después del desayuno, partimos en ómnibus a Chora para recorrer la ciudad internándonos en el laberinto de callejuelas peatonales. La ciudad estaba construida en la ladera de una pequeña colina y en la cumbre había tres capillas en fila que fuimos a visitar. Desde allí había una espectacular vista del puerto y los valles circundantes. Con una tarde soleada y buena temperatura regresamos a Mylopotas para disfrutar de su playa antes de la muy buena cena preparada por Eva en el hotel. Un tema aparte eran los mosquitos, que los había en abundancia, y en la habitación disponíamos de pastillas y aerosol para combatirlos.
Se había estabilizado el clima y nos acompañaba el sol. Siguiendo con nuestro plan, al día siguiente tomamos el ómnibus al puerto y retiramos el pequeño vehículo que habíamos contratado. En vista de la geografía montañosa de la isla reservamos uno con caja automática para evitar hacer infinitos cambios manuales, y después de comprar provisiones para un picnic partimos hacia Manganari, a 20 km de distancia y publicitada como la mejor playa de la isla. Era ciertamente hermosa, con sus aguas cristalinas de color turquesa, y nos instalamos en una de las muchas reposeras con sombrillas que ofrecía el restaurante cercano por un mínimo costo. Otra playa que queríamos conocer era Psathi, del otro lado de la isla, y para allá fuimos. Si en Mananari nos encontramos con poca gente, ésta otra estaba desierta, pero no era tan atractiva. Ese día nos quedaba aún conocer el Paleokastro, que había sido en su origen una fortificación bizantina y luego una fortaleza veneciana. Se encontraba desde luego en lo alto de la montaña y para llegar a ella habían construido en la empinada ladera un buen sendero de unos 500 metros que arrancaba desde el estacionamiento. Del Paleokastro no quedaban más que ruinas pero había también una capilla que evidentemente era utilizada con frecuencia, y la vista al atardecer era espectacular. Aún de día regresamos al hotel para cenar nuevamente en la rambla.
Otro de los atractivos de la isla era la tumba de Homero, aunque estuviera en discusión su autenticidad. Se encontraba a solo 15 kilómetros de nuestro alojamiento pero la cantidad de curvas era incontable. Decidimos ir a visitar la renombrada tumba el día miércoles, parando a medio camino en un establecimiento de campo que vendía quesos de cabra y oveja además de miel y aceite de oliva. Nuevamente hubo que dejar el auto en un estacionamiento y recorrer un sendero hasta llegar a una construcción de piedra que supuestamente protegía la tumba. Fuera cierto o no, era un hermoso lugar en la montaña con espectaculares vistas de las islas vecinas. Había una playa en las cercanías a la que se accedía por un camino de tierra y pese a las advertencias de la empleada del alquiler del auto de evitar ese tipo de caminos bajamos con precaución a la costa. Luego optamos por regresar a la playa Manganari y pasar la tarde allí después de almorzar en el restaurante vecino. Antes de regresar entramos por un camino secundario para ver si podíamos apreciar el establecimiento Calilo de la pareja de artistas Angelos Michalopoulos y Vassiliki Petridou, ambos impulsores de la preservación del paisaje natural, pero no logramos ver más que un extenso muro y un artístico portón de acceso. Esa noche logramos cenar en el restaurante gourmet recomendado por Eva, con excelentes platos servidos en el patio abierto y con el muy oportuno repelente de mosquitos en cada mesa.
En el valle que se encontraba detrás de la ciudad de Chora se habían encontrado en una baja colina restos arqueológicos de un asentamiento prehistórico de la edad de bronce de unos 5000 años de antiguedad. Las excavaciones habían logrado exponer restos de casas de piedra, estrechas calles, plazas y almacenes. Visitamos ese extraordinario lugar, llamado Karkos, el jueves por la mañana y completamos luego el recorrido yendo al cercano museo de arte moderno con exposiciones de los artistas griegos Gaitis y Simossi. En tres salones diferentes observamos las pinturas y esculturas de Yannis Gaitis, las magníficas esculturas de Gabriella Simossi y finalmente una espectacular exposición de fotografías de la isla en tamaño gigante. Ya era hora de llenar el tanque de nafta y devolver el auto en el puerto. Desde allí se podía ascender por una cortada peatonal hasta el centro de Chora donde hicimos la última visita, esta vez al museo antropológico, donde exhibían los artefactos recuperados de las excavaciones en Karkos. Regresando con el ómnibus fuimos luego a nuestra playa a pasar la tarde antes de la cena que iba a ser nuevamente en el hotel. El esposo de Eva iba a preparar esa noche pescado local a la parrilla y de la cena participaron la pareja danesa que también se alojaba allí, además de dos hermanos suizos, y Eva y su marido. Fue una muy linda velada, donde además del excelente pescado corrió mucho vino blanco local y terminamos todos aprendiendo los pasos básicos de la danza de Zorba el Griego cuando ya llegaba la medianoche.
Se acercaba el final de nuestra estadía ya que el sábado estaba previsto volar de regreso a Copenhagen. Quisimos hacer un día más de playa en Mylopotas y también observar la puesta de sol desde la cumbre de la colina de Chora. Al atardecer tomamos el ómnibus a la ciudad y comenzamos la subida hasta llegar al famoso y pintoresco restaurante Lord Byron donde cenamos antes de continuar el ascenso hasta la capilla de la cumbre donde ya había una buena cantidad de gente reunida dispuesta a ver la puesta del sol sobre el Mediterráneo. Llevábamos abrigo pues allí corría un fresco viento, pero al abrigo del muro de la capilla pudimos disfrutar del hermoso espectáculo. A las nueve de la noche pasaba el último ómnibus a Mylopotas y nos apresuramos a bajar a la parada para no perderlo pues aún nos quedaba preparar las valijas para el regreso.
Nos tuvimos que levantar antes de las seis para estar listos a las siete, hora en que nos pasaba a buscar el ómnibus. Eva nos preparó viandas como desayuno y nos acompañó hasta la parada. Le quedamos muy agradecidos por la muy buena acogida en su pequeño alojamiento. En el puerto nos unimos a turistas provenientes de otros hoteles esperando la llegada de Alexander, nuestra lancha. Sin contratiempos hicimos el recorrido de regreso a Santorini y también a horario partió nuestro vuelo a Copenhagen. Aún alcanzamos a hacer una caminata por nuestro parque al anochecer.